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Construir el movimiento de la Renta Básica. La experiencia de los Campamentos Dignidad y de la Marea Básica

Artículo publicado en El Viejo Topo en el número de noviembre de 2017

 

Pensar desde abajo, desde la explotación, desde el yo-histórico”. Quien recomendaba acercarse de ese modo al análisis del mundo era Juan Carlos Rodríguez, catedrático de la Universidad de Granada, escritor y uno de los grandes teóricos de la literatura española, fallecido recientemente.

El recuerdo y las palabras de Juan Carlos Rodríguez quizás puedan ayudarnos a elegir el lugar desde dónde afrontar el apremiante debate sobre la renta básica. Necesitamos pensar la renta básica desde los movimientos que luchan contra el paro y la pobreza, desde la antesala de las oficinas de empleo y de los servicios sociales, desde las mil formas que adquiere la incertidumbre sistemática que denominamos con el nombre de precariedad.

Elegir esa atalaya singular comporta dos puntos de partida, dos afirmaciones que convergen. La primera es que la política no debe ser, como ha ocurrido históricamente, “un asunto interno de las clases dirigentes”. El 15M, las mareas, las Marchas de la Dignidad, el potente movimiento popular que se ha alzado en los últimos años, nos ha recordado que la política es “una actividad creadora de construcción del ethos comunitario” (Joaquín Miras), en la que todo el mundo puede y debe participar. Y el segundo enunciado de arranque es que la renta básica no es “una cuestión técnica” sino política. Como nos indica Pablo Yanes, “la renta básica ha estado mucho tiempo constreñida a pequeños círculos académicos, pero esa fase ya pasó, los debates ahora están en los parlamentos, frente a los gobiernos, con los movimientos sociales”. Una de las más notables virtudes que han tenido los dos movimientos a los que voy a referirme aquí, los Campamentos de la Dignidad y la Marea Básica, ha sido sortear los círculos militantes y académicos y extender el debate a ámbitos sociales mucho más amplios. En cierta medida, los movimientos citados han sido capaces de juntar, de forma casi inédita hasta el momento, el qué y el quiénes, el predicado y el sujeto de la renta básica.

 

 

Ha llegado la hora de la renta básica

 

Dos tendencias históricas pujan por dominar el tiempo: renta básica o empleabilidad. Una vez más, democracia o barbarie

Jorge Moruno

 

“Viene la renta básica”: bajo ese título se celebraba hace unos meses en Madrid el Encuentro Europeo por la Renta Básica Incondicional. El encabezamiento es muy revelador de la maduración social y política que ha alcanzado la propuesta, de su incorporación a un nuevo sentido común de época. Hasta hace apenas unos años la idea de “una asignación pública monetaria incondicional a toda la población” constituía un meteorito, una idea exótica recluida a la condición de quimera. Pero parece claro que la propuesta ha llegado para quedarse y todo indica que el debate de los próximos años no será Renta Básica sí o no, sino el sentido que tendrá su implantación, si constituirá una garantía de dignidad o si, por el contrario, se impondrá la versión liberal que concibe la renta básica como un instrumento sustitutivo de los derechos sociales, un cheque personal que implique, por ejemplo, la supresión del acceso gratuito a la educación y la sanidad. En definitiva, renta básica emancipatoria frente a renta básica liberal.

La fuerza de una idea no es necesariamente su consistencia argumentativa sino su conexión con las necesidades y el espíritu de una época”, afirma lúcidamente Pablo Yanes. Las objeciones que aún se plantean a la introducción de la renta básica son, en lo fundamental, las mismas que vienen esgrimiéndose desde hace décadas (cómo se va a financiar, si la van a percibir también los ricos, si fomenta la haraganería…). Lo novedoso no son los nuevos argumentos, sino el contexto, la nueva conexión con las preocupaciones y las esperanzas de la gente.

Antes de la Gran Recesión, del temblor de 2008, la renta básica ya era una idea cargada de sensatez, una utopía practicable, una avanzadilla de otro mundo posible; pero, en nuestros días, se ha convertido en una necesidad imperiosa. La confluencia de las crisis económica, ecológica y social, la hondura de la crisis de civilización, obliga a poner en pie ideas que permitan realizar la transición hacia otro modelo de sociedad. Frente al cambio climático, la dictadura financiera y el paro tecnológico, la apelación constante a la salida keynesiana constituye una fábula ridícula. Se imponen medidas estructurales como la renta básica, el reparto del trabajo y las políticas de decrecimiento. O conseguimos que se abran paso esos caminos de austeridad y solidaridad o avanzará la barbarie, la guerra entre los pobres, la organización desde el poder de la miseria y el rencor social, las nuevas formas de fascismo.

La renta básica universal e incondicional es una idea que rebosa racionalidad, uno de los frenos de emergencia con los que enfrentarse a las pulsiones totalitarias del molino satánico del que hablaba Karl Polanyi. Pero su simple enunciación no la convierte en una herramienta de transformación social. “La renta básica no puede seguir siendo un nicho editorial, ni una materia reservada a sociólogos y economistas y, aún mucho menos, la propiedad programátiva privada de ningún grupo, que vela por su incontaminación social y la mantiene cuidadosamente metida en formol hasta que llegue el día de la liberación”. Esto escribíamos en 2013, cuando la ILP estatal por la renta básica se ponía en marcha. Desde entonces, la propuesta se ha popularizado de forma exponencial. A ello ha contribuido, además del trabajo paciente de los movimientos, la crisis de la sociedad del empleo y el crecimiento vertiginoso de la exclusión social.

La crisis de la sociedad del empleo es cada día más manifiesta. La idea de pleno empleo, que galvanizaba hasta hace poco tiempo los programas políticos, aparece hoy como una cantinela tramposa, una estafa cuya mejor representación es la emergencia masiva de una nueva figura, la del “trabajador pobre” (según datos de 2016, en España, el 14% de la población, aun disponiendo de empleo, se encuentra por debajo del umbral de la pobreza; 6 millones de trabajadores tienen salarios equivalentes o inferiores al Salario Mínimo Interprofesional- INE 2015). El empleo está dejando de ser la puerta de entrada a la ciudadanía… Un nuevo sentido común de masas se extiende, cuestionando el mantra ideológico del neoliberalismo y del capitalismo en su conjunto. “Trabajo no es lo mismo que empleo”, “no es el empleo lo que dignifica, sino la existencia material garantizada”: afirmaciones como estas, que hasta hace poco eran privativas de los entornos militantes, empiezan a arraigar en la crítica cotidiana común.

El obrero del siglo XIX y XX era arrancado de la comunidad rural y pasaba, gradualmente, a formar parte de la obrera. En el siglo XXI, se trata de eliminar cualquier resquicio del ser un nosotros-comunidad para convertirnos en emprendedores y, ya sea por cuenta ajena o propia, busquemos en la idea de empresa la nueva forma de comunidad desde donde relacionarnos” 1. Pero ese gran sueño neoliberal, el de “cambiar el alma de la población”, la transformación capitalista de la forma de ser y de sentir, hace aguas. La fantasía de una sociedad de emprendedores naufraga ante la constatación de una realidad caracterizada por el endeudamiento y la precariedad.

Junto al paro forzoso y a la multiplicación de las formas de precariedad, la exclusión social se sitúa como otra razón que evidencia la necesidad y la urgencia de la renta básica. La coacción muda y silenciosa de la miseria, los procesos de desposesión continúan su despliegue implacable. En España, 13 millones de personas se encuentran en riesgo de exclusión social; en 700.00 hogares se carece de cualquier ingreso; según datos del Consejo General del Poder Judicial, correspondientes al año 2016, en nuestro país se producen diariamente 166 desahucios de vivienda… Son sólo tres apuntes que nos hablan de la fractura que atraviesa nuestras sociedades, en este caso la española.

En 1999, Susan George escribió “Informe Lugano”, un temprano ensayo sobre las consecuencias posibles de la globalización neoliberal. ”La prescindibilidad está ascendiendo por la escala social. No se trata sólo de los indios brasileños, los pobres de los Estados Unidos y otras tribus remotas. Usted, su familia, su profesión, su pequeña o mediana empresa, su comunidad, su hábitat natural empiezan a estar también en su punto de mira” 2.  El paso de los años se ha encargado de confirmar aquellas profecías distópicas de Susan George. La supresión de la tarjeta sanitaria a millones de personas, la instauración del copago farmacéutico, los recortes en los sistemas públicos de salud, la eliminación de las ayudas de dependencia, son algunas de las medidas que abundan en el nuevo desorden que se está instituyendo.

William Davies afirma que, desde 2008, hemos entrado en una fase nueva que él denomina neoliberalismo punitivo: “la dependencia económica y el fracaso moral se enredan en forma de deuda, produciendo una afección melancólica en la que gobiernos y sociedades liberan el odio y la violencia sobre miembros de su propia población” 3. La piedad y la horca fue la combinación que, durante siglos, el poder aplicó en el tratamiento de la pobreza. En nuestros días, las rentas mínimas y las leyes mordaza, son dos de las herramientas que reactualizan la vieja ideología del pauperismo. Frente a la descomposición de las clases medias, el poder trata de poner en pie instrumentos clientelares y estigmatizadores que eviten una alianza entre los de abajo.

Con la renta mínima de inserción (RMI) hemos creado una clase social” 4. Así se expresaba en 1996 Claude Girard, un diputado francés, analizando la renta mínima de inserción creada diez años antes. El gran objetivo del neoliberalismo ha sido la derrota y anulación de la clase trabajadora como sujeto político: o ascenso a la categoría consensual de clase media o descenso a los infiernos del lumpen, no hay término medio ni alternativa. El proceso que Owen Jones ha llamado de “demonización de la clase obrera”, el paso de la deprivación a la depravación, se dota de instrumentos que garanticen la contención y dominación de la “morralla sobrante”. Las rentas mínimas son una de las piezas centrales de ese proyecto. Una pieza que, además, garantiza la manipulación selectiva y estratégica de la escasez, convirtiéndose en eficaz dispositivo del clientelismo social y político.

 

El sujeto de la renta básica

 

“No soy un cliente, ni un consumidor, ni un usuario del servicio. No soy un gandul, ni un mendigo ni un ladrón. No soy un número de la Seguridad Social o un expediente. Siempre pagué mis deudas hasta el último céntimo y estoy orgulloso. No acepto ni busco caridad. Me llamo Daniel Blake, soy una persona, no un perro, y como tal exijo mis derechos. Yo, Daniel Blake, soy un ciudadano, nada más y nada menos”.

Yo, Daniel Blake (Ken Loach)

 

Como nos recuerda Luigi Ferrajoli, “no ha habido ningún derecho fundamental que haya descendido del cielo o nacido en una mesa de despacho, ya escrito y redactado en los textos constitucionales” 5. La institución de la renta básica como nuevo derecho no se escapará a esa constante fundamental de la historia de la humanidad. Los derechos son frutos del conflicto y máxime cuando, como es el caso, su implantación afecta de forma sustancial a la distribución de la riqueza y al papel disciplinador que ejerce el paro forzoso y la miseria en la sociedad del trabajo asalariado.

Queremos que la renta básica se constituya en un nuevo derecho universal. Pero no nos podemos permitir vaguedades o ficciones ecuménicas. Todos los universales se construyen y pelean desde algún particular. Y, en mi opinión, el derecho a una renta básica emancipatoria sólo puede alcanzarse si hacen suya la propuesta los amplísimos sectores de la población que sufren el paro, la pobreza y la precariedad.

La clave es unir programa y constitución de sujetos políticos-sociales. La dialéctica sujeto-programa es fundamental. El conflicto debe ser el instrumento, el medio que permita organizar poderes sociales y el programa, el dispositivo que genere las condiciones de hegemonía” 6. Programa y sujeto siempre van juntos, como nos recuerda Manolo Monereo. Pero el sujeto de la renta básica está astillado, fragmentado por el intenso trabajo de demolición, social, ideológico y político que se ha venido haciendo desde el poder.

En nuestro país la propuesta de Renta Básica ha entrado en una fase nueva. Durante años el debate se centró en la justificación ético-filosófica y después en la viabilidad económica. Desde hace cinco o seis años la idea ha entrado en una nueva etapa, la de la organización y movilización del sujeto social. La propuesta estuvo muy presente en las plazas indignadas del 15M, fue una de las cuatro propuestas defendidas en las Marchas de la Dignidad del 22 de marzo (2014) y se incorporó a los programas políticos de algunas candidaturas emergentes en las elecciones europeas y autonómicas. Pero, quizás, los tres factores específicos fundamentales en la extensión y popularización de la renta básica en este período vienen de la mano del movimiento de los Campamentos Dignidad (2013), la puesta en marcha de la ILP estatal (2014) y el  nacimiento de la Marea Básica (2015). La ILP no logró reunir el medio millón de firmas pero sí consiguió que las Marchas de la Dignidad la asumieran como una de sus banderas. Y el nacimiento de la Marea Básica, justamente de la mano de algunos de los colectivos más activos dentro de las Marchas, no ha cejado en la lucha por la renta básica: los encierros de las navidades de 2014, las huelgas de hambre de Juanjo Huerta y Ramiro Pinto, la constitución de las Sillas del Hambre, las escuelas de formación, el impulso a la creación de corralas o la campaña por el cumplimiento de la Carta Social Europea son algunos de los frutos de ese batallar constante.

La irrupción de los Campamentos de la Dignidad, de la campaña de la ILP y de la Marea Básica nos hablan de la consolidación de un movimiento alzado desde abajo, plural en lo ideológico y constituido por personas en situaciones de paro, pobreza o precariedad. Para que la renta básica pueda convertirse en un instrumento de cambio social es preciso que “se embarre”, que se contamine. Hace falta que se debata en las barriadas más pobres, en las oficinas de empleo, entre las kellys, los reponedores y las teleoperadoras. Hace falta que la renta básica entienda de pobreza energética y de subsidios de desempleo, de pensiones no contributivas y de desahucios, de exclusión sanitaria y de bonos sociales de transporte. Mantener el debate de la renta básica entre las cuatro paredes de la universidad o del gueto militante es condenarla a su completa inoperancia. Inmaculada, sí, pero inservible.

 

La experiencia de los Campamentos Dignidad de Extremadura

 

“La dignidad es siempre el punto de partida de la autonomía moral y política; así como de las fisuras que se le imprimen a las jaulas del miedo y la desconfianza”.

Raquel Gutiérrez

 

El primer Campamento de la Dignidad nació en Mérida el 20 de febrero de 2013, en las puertas de la oficina de empleo. A lo largo de cuatro años el movimiento de los Campamentos ha ido construyendo una identidad reconocible que ha supuesto la irrupción de nuevos sujetos, nuevas temáticas y nuevos repertorios de acción colectiva. Subrayemos algunos de los rasgos más característicos del movimiento:

  1. Nuevos sujetos, nuevos actores. La experiencia de los campamentos refuta la cantinela de que “los parados no se mueven”, un lugar común culpabilizador que se ha repetido desde los más variados rincones políticos y sindicales. Los barrios mudos de la miseria, la juventud precaria o la clase trabajadora más machacada se convierten en un activo sujeto social y político. Clase obrera, precariado y “chunguitud” se amalgaman, transformándose en un motor de movilización y alianza social. Los Campamentos beben al mismo tiempo del 15M y de la tradición del movimiento obrero.
  2. Un espacio y un proceso de empoderamiento popular. Los Campamentos, como la PAH y otros movimientos por los derechos sociales, son una herramienta de conciencia y organización popular. Tirar tabiques entre militantes y no militantes es un pre-requisito para que ello sea posible. La integración de saberes estratégicos y saberes experienciales, la horizontalidad en la toma de decisiones, el papel insustituible de la asamblea y, muy especialmente, la organización del apoyo mutuo son algunas de las razones que explican la solidez de los movimientos populares. Por ejemplo, acompañar a las personas que tienen problemas con la renta mínima de inserción, el subsidio o la vivienda, a las reuniones con los servicios sociales, los responsables políticos o los directores de los bancos se convierte en una práctica habitual.
  3. Una comunidad de l@s expropiad@s de comunidad. Los Campamentos son un movimiento con una fuerte base comunitaria, que aúna el conflicto, la pedagogía y la vida cotidiana. Combina la manifestación y la comida colectiva, el escrache y la corrala, la revuelta y la comunidad. El reparto de alimentos, la recogida de libros de texto o juguetes, el ropero solidario, la constitución de corralas de vivienda o la creación de una oficina permanente de derechos sociales, son expresiones de esa orientación.

El impulso comunitario arraigó en el  período fundacional de los Campamentos y desde entonces no ha hecho más que extenderse. Algunas de sus expresiones son la lucha por la terminación de la urbanización de Los Álamos (210 viviendas vacías en Mérida), la constitución de dos corralas en Almendralejo y Mérida, así como la puesta en pie de la despensa alimentaria. Sólo en Mérida, más de 400 familias se acogen a los repartos de alimentos. Uno de los principios más repetidos en los campamentos se ha asentado justamente en torno a esa idea, combinar Reparto y Lucha: pelea por el trabajo digno y la renta básica pero, mientras tanto, exigir suficiencia alimentaria a toda la población. Y, al tiempo, plantear toda una batalla contra el clientelismo y el control de la Fundación Banco de Alimentos por parte del Opus Dei.

  1. El desborde programático. De plataforma por la renta básica a movimiento por los derechos sociales.

En su nacimiento los Campamentos ya asumieron tres demandas explícitas: a la reivindicación inicial de la Renta Básica le sumaban un plan de choque contra el paro –al menos 25.000 empleos nuevos en Extremadura- y el fin de todos los desahucios de vivienda, con independencia de su condición pública o privada. De ese modo, se traducía en propuestas concretas el lema Pan, Trabajo y Techo. Pero, además, desde entonces, el abanico reivindicativo no ha dejado de enriquecerse y ampliarse. Tirando del hilo de la renta básica ha salido todo el ovillo de los derechos sociales. Entre los nuevos campos de lucha, cabe resaltar:

  • La pobreza energética.
  • La exigencia de apertura de los comedores escolares.
  • El apoyo a l@s trabajador@s en conflicto o situación de precariedad, tales como la Mina de Monesterio, Tragsa, Ambulancias, etc
  • La denuncia de la corrupción política y el despilfarro. Como ejemplo, las convocatorias de concentración contra el dispendio de los Premios Ceres.
  • El apoyo a los rebusqueros de la uva o la aceituna.
  • La reivindicación del acceso a la tierra como uno de los motores de la transformación de Extremadura. Ocupación de la finca Los Quintos, en Llerena.
  • Contribución a la recuperación de la memoria de las luchas jornaleras. Los Campamentos han promovido que el 25 de marzo, fecha que conmemora la jornada de ocupación masiva de tierras, sea declarado Día de Extremadura.
  • La solidaridad con los refugiados. Los Campamentos han organizado varios envíos de ropa y calzado a los campos de Calais. En marzo de 2016 el Campamento de Mérida sufrió un incendio provocado en uno de los locales donde se almacenaban los materiales solidarios.
  1. Nuevos repertorios de lucha. El movimiento nació transformando las oficinas de empleo en un espacio de conflicto, politizando el dolor desde abajo, resignificando lugares donde se adensa el sufrimiento pero que están vaciados de disputa social.

“Muchos de los movimientos tienen el foco en la ciudad, ya no en el lugar de trabajo; lo urbano está emergiendo como una cuestión y un lugar para la lucha anticapitalista”, afirma David Harvey. Los Campamentos Dignidad combinan flexibilidad y desobediencia en su repertorio de acción colectiva. Saben mezclar lo reivindicativo y lo comunitario. Por ejemplo, para reclamar comedores escolares en el verano, acompañan los encierros en la Consejería de Educación con la organización de desayunos alternativos en colegios. O para denunciar el impago de la renta mínima, en algunas ocasiones han realizado los repartos de alimentos en la puerta del SEXPE o delante del Parlamento de Extremadura.

Las modalidades de movilización más utilizadas han sido el escrache, las marchas y los encierros. “El escrache es lo más democrático que tenemos”, le gusta decir a Alfonso Molina, un pastor evangelista que forma parte del Campamento Dignidad de Mérida. Esta forma de participación ciudadana para denunciar los abusos del poder ha tenido que ser utilizada profusamente (Carlos Floriano, Wert, reina Sofía, diputados del PP). Uno de los escraches más conocidos fue el que se hizo contra Monago, protagonizado por siete mujeres afectadas por desahucios de vivienda y se llevó a cabo durante dos meses en Badajoz, delante de la urbanización de lujo donde vive el expresidente de la Junta de Extremadura.

Las marchas han sido otra de las herramientas más frecuente, recorriendo prácticamente todas las comarcas extremeñas. Es un tipo de acción que genera comunidad y solidaridad. En las marchas se comparten muchas horas y manda el diálogo, no el televisor. Genera apoyos de forma casi natural y además apremia a los activistas de aquellas localidades de acogida a trabajar conjuntamente.

Y, por último, los encierros en iglesias ha sido otro de los recursos habituales de movilización. Navidad de 2013 en Catedral de Mérida; navidad de 2014, en Catedral de Badajoz.

La recuperación de viviendas para que las familias desahuciadas pudieran volver a vivir en ellas o la irrupción pacífica en el centro territorial de TVE el 11 de febrero de 2014 para denunciar el impago de la renta básica de inserción son dos de las acciones más llamativas y representativas de la línea de resuelta desobediencia civil que los Campamentos vienen practicando. La acción en TVE supuso un momento álgido en su lucha. Diecinueve militantes fueron detenidos; uno de ellos, José Giménez Lorente, falleció cinco meses más tarde, víctima de una enfermedad agravada por la miseria.

  1. Formación propia de cuadros y militantes. Los Campamentos son un vivero de activismo social. El movimiento es muy consciente de la importancia de formar en su seno cuadros y militantes. De ahí que, desde el principio, se hayan multiplicado los talleres, charlas y actos sobre temáticas tanto instrumentales como generales. La Escuela permanente de formación de los Campamentos Dignidad intenta ser una respuesta a esta necesidad.
  2. Independencia respecto de gobiernos, partidos políticos, sindicatos, iglesias y ONGs. Algo muy importante en el movimiento es ser capaces de mantener escrupulosamente la independencia respecto de la administración, patronales y todo tipo de organizaciones políticas y sociales. La pluralidad ideológica, cultural, generacional, política, sindical o religiosa es una riqueza de la que el movimiento es muy consciente.
  3. Mujeres y familias, protagonismo fundamental. Las mujeres tienen una presencia mucho mayor que en la mayoría de los movimientos sociales y organizaciones de Extremadura. Aunque los activistas reconocen que es preciso incorporar con mucho más rigor el discurso y las prácticas feministas en el día a día de los campamentos.
  4. Transgresión de los tabúes programáticos y organizativos. Los Campamentos Dignidad, como el conjunto de los movimientos que emanan del 15M, portan una notable capacidad de ruptura con rutinas, límites y prejuicios que parecían inmutables. Tanto en el nivel discursivo como en las formas organizativas el movimiento se ha atrevido a transgredir algunos de los vetos implícitos. Mencionemos algunas de esas “temperadas herejías”:

– repartir alimentos para enfrentarse a la caridad y al clientelismo. “Que la vergüenza la sientan ellos”, con ese lema se convocan algunos de los repartos más polémicos frente a instituciones oficiales.

– articular la reivindicación simultánea de la Renta Básica y del cumplimiento inmediato de las leyes contra la intemperie social (pago de rentas mínimas de inserción, Carta Social Europea…).

– exigir la regularización de las ocupaciones de viviendas sociales o de la SAREB. Establecer una línea clara contra la criminalización de la pobreza.

– en el nivel organizativo, los Campamentos son conscientes de moverse en un terreno muy difuso. Son un movimiento por los derechos sociales que comparte espacios de intervención con sindicatos y asociaciones, con los que en ocasiones podrá colaborar pero, en otros casos, no tendrá más remedio que desplazar las fronteras establecidas. La crisis de representación no afecta sólo al mundo de la política, lo hace también al terreno sindical, vecinal o asociativo. Los Campamentos no son un AMPA, pero luchan por la educación pública; no es movimiento okupa pero recupera bloques de viviendas vacías; no es sindicato pero interviene crecientemente en la lucha contra la precariedad. El sindicalismo social que representan los campamentos o la PAH está en un proceso de conformación y definición.

  1. Pan cotidiano y horizonte. La necesidad de alianzas.

Desde su nacimiento los Campamentos Dignidad buscan la alianza y la unidad con todas las organizaciones y movimientos que comparten  su rechazo a la política antisocial, al sistema que provoca paro, precariedad y pobreza. Dentro de Extremadura ha generado una red de movimientos por los derechos sociales, respetando siempre la iniciativa o preferencias de intervención de cada colectivo local. La organización e impulso de la PAH desde los campamentos en ciudades como Mérida, Almendralejo o Plasencia, el apoyo a las convocatorias de movilización estudiantiles o feministas son algunas muestras de esa orientación unitaria.

Unir necesidades cotidianas y perspectiva estratégica ha sido una obsesión, un mandato imperativo de coherencia del movimiento, consciente de que la lucha exclusiva por las carencias inmediatas conduce a convertirse en una ONG o una asociación corporativa, recluida en el asistencialismo o el economicismo. Pero que, por el contrario, si sólo se ocupa de las grandes contradicciones sistémicas, corre el riesgo de acabar siendo simplemente emisor de diagnóstico ideológico y discurso. En esa reflexión se asienta la implicación y apuesta por instancias unitarias tales como el Frente Cívico Somos Mayoría, la Marea Básica o las Marchas de la Dignidad. La denuncia de la deuda ilegítima y de las políticas austericidas de la Troika así como la necesidad de superar el régimen del 78, es el marco donde inscribir las luchas inmediatas.

En sus cuatro años de vida el movimiento se ha convertido en un instrumento fundamental de las clases populares de Extremadura y, a veces, en una pesadilla para el poder político. En este tiempo, ha logrado arrancar algunas significativas conquistas, tales como:

  • Frente al propósito de abonar la renta mínima de inserción a 1.500 personas, se ha conseguido llegar a 10.000 cada mes. El presupuesto ha pasado de 13’2 millones de euros (2013) a 20 millones (2014), 30 (2015) y 48 (2016). El compromiso ahora es destinar al menos 86 millones (equivale al 0’5 % del PIB) antes de terminar la legislatura.
  • Paralización de centenares de desahucios y moratoria de alquileres.
  • Aumento del número de empleos a través de los ayuntamientos.
  • Fondo contra la pobreza energética.
  • Apertura de comedores escolares.

Pero, con ser importante, lo decisivo de la lucha de los Campamentos no es sólo haber parado algunos de los golpes más dañinos o arrancar algunos avances en la protección social. Algo más sustancial aún que todo eso se ha logrado en este tiempo, algo intangible pero primordial: la construcción de una herramienta que produce comunidad y esperanza. O lo que es lo mismo: que construye pueblo.

Producir comunidad es producir, al mismo tiempo, el pan y la fraternidad, los bienes materiales y la lealtad de clase. Producir comunidad es descabalgar el valor de cambio y elevar en su lugar el valor de uso, desalambrar el INEM y la SAREB. Producir esperanza es enfrentarse a “los alcázares de la fatalidad”, al “esto es lo que hay” que nos machaca los oídos por todos sitios. Pues si esto es lo que hay, peleemos por lo que debería haber, porque podemos instaurar otro estado de cosas, distinto a la precariedad y a la represión, a la pobreza y al miedo. La esperanza está enamorada del triunfo, no del fracaso, dice Bloch. Producir esperanza es organizar el apoyo mutuo y las pequeñas victorias.

Pueblo es cosa bien distinta a  muchedumbre o masa. El pueblo, es decir, “la gente menuda”, la gente común y humilde, se constituye como tal cuando rompe el silencio y dice su palabra. Y en esas andan ahora los Campamentos de la Dignidad y todos los colectivos que componen la Marea Básica contra el paro y la precariedad, empoderando pueblo y buscando las formas de elevar la lucha por la Renta Básica.

En este escrito se ha analizado fundamentalmente la brega de los Campamentos de la Dignidad, pero otro tanto y mucho más podría decirse de Parad@s en movimiento de Valladolid, de la Asociación Renta Básica y el movimiento de desempleadxs de León, de las Sillas del Hambre de Valencia, de las Asambleas de parad@s de Cataluña o Madrid, de todos los colectivos que componen la Marea Básica. Un movimiento que, como dice Ramiro Pinto, “está logrando poner en el orden del día como tema central y prioritario de los movimientos sociales la pobreza, la precariedad laboral, el desempleo y la defensa de la Renta Básica”. Un movimiento de comunidades de lucha, levantado desde el suelo, basado en el empoderamiento, compuesto por personas que sufren el paro, la pobreza o la precariedad; un movimiento asambleario, plural, independiente, que lucha contra la explotación y la dominación en todas sus formas, que reivindica la renta básica no como una tesis doctoral ni como un fetiche militante sino como una fundamental herramienta de emancipación.

Un movimiento que se alza contra el intento de los poderosos de cerrar la crisis económica y política por la vía de la restauración y la normalización de la precariedad. Que denuncia el tropel de rentas mínimas de inserción en las Comunidades Autónomas como un intento de bloquear la renta básica universal como nuevo derecho de ciudadanía. Un movimiento que, con su consistencia y combatividad, augura un nuevo ciclo de movilización que sitúe de nuevo el acento en los derechos sociales.

Es tiempo de dignidad: ¡Renta Básica ya!.

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  1. Moruno, Jorge (2015): La fábrica del emprendedor. Akal, Madrid
  2. George, Susan (2001): Informe Lugano. Icaria, Barcelona
  3. Davis, William. El nuevo neoliberalismo. New Left Review 100, noviembre-diciembre de 2016
  4. Guillon, Claude (2001): Economía de la miseria. Alikornio Ediciones, Barcelona
  5. Ferrajoli, Luigi. Citado por Víctor Ríos en “Derechos básicos y caminos hacia la emancipación”, prólogo al libro Marea Básica, editado por El  Viejo Topo
  6. Monereo, Manolo: Los dilemas de Podemos. Artículo en Cuarto Poder

 

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Este texto recoge las ideas fundamentales defendidas en las Jornadas sobre Renta Básica que Podemos Andalucía celebró recientemente en Granada y Sevilla, así como la reflexión sobre los últimos debates celebrados en el seno de los Campamentos Dignidad y de la Marea Básica, a lo largo del verano de 2017.

 Artículo publicado por el Viejo Topo en el número de noviembre de 2017

 

 

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